Guadalupe de la Vallina, Lupe para los amigos, es tuitera compulsiva, madre de dos niños y fotógrafa.  Fotografía todo lo que le echen, pero su especialidad son los retratos. Dice Lupe que, de primeras, se siente más identificada con la idea de “artista” que con la de “fotoperiodista”, pero lleva muy pocos años detrás de una cámara de manera profesional y sus trabajos ya han triunfado en cabeceras como Jot Down Magazine, YoDona o GQ.

 

Aunque trabajas para varios medios, quizá tu trabajo más conocido es el de la revista Jot Down, ¿cómo llegas hasta ella?

Mi comienzo con Jot Down fue genial. Yo trabajaba en una ONG y me dijeron que por qué no empezaba a llevar las redes sociales, yo que era muy moderna. Yo no tenía ni idea de Twitter así que me abrí una cuenta personal para ver cómo funcionaba, antes de empezar con la profesional. Me volví muy adicta y se formó allí un grupo muy simpático, liderado, entre otros, por David Gistau, que luego salió despavorido de Twitter. Salió una entrevista de Gistau en Jot Down y me impresionaron las fotos, me gustaron muchísimo, así que les escribí para decirles “qué fotazas, qué bonitas, en blanco y negro…”. En mi biografía yo había puesto el enlace a mi Flickr, porque siempre me había gustado hacer fotos; pero las había hecho de una forma muy amateur y sin una aspiración de ser fotógrafa o de que la gente viera un trabajo excepcional, porque no me habían encargado nada y tampoco me veía tan segura, pero lo que hacía lo ponía con orgullo.

Cuando hice ese comentario a Jot Down se metieron en mis fotos, vieron un poco quién era yo y me escribieron ¿qué haces el sábado a las 12?. Y yo dije: lo que queráis. Me pidieron que hiciera retratos en una entrevista a Leontxo, un periodista de ajedrez. Ellos estaban empezando y reclutando lo que veían que podían ser talentos emergentes que no estaban en grandes medios. A mí me cogieron como fotógrafa y yo puse cara de que sabía hacer retratos. Me lo tomé como el trabajo más importante de mi vida, cuando se lo envié les gustó y a partir de ahí empezamos a trabajar juntos. Pero tuve la sensación de ser un fraude durante bastante tiempo porque yo no pensaba ser retratista, hasta que le cogí el tranquillo.

 

Decía David Gistau que el peligro de esta red es acabar haciendo un trabajo solo para los que te comentan si les ha gustado o no, en Twitter. ¿tienes miedo de que te ocurra eso?

No lo he pensado pero escribir es distinto que hacer fotos. Yo también escribo pero me siento más cómoda haciendo fotos porque es mucho más abierto. Es como si la fotografía estuviera abriendo ventanas al mundo y, a la hora de escribir, lo que tienes que hacer es acotar y definir. Mis fotografías pueden tener guiños pero no excluyen a nadie.

A mí, sin embargo, me gusta muchísimo la comunidad que se genera en Twitter porque para mí es esencial trabajar en diálogo creativo con alguien, siempre lo he hecho, pero entiendo que Gistau dijera eso, porque además era verdad.

 

¿Se pueden contar historias por Twitter?

Yo creo que sí. Al menos empezar a contarlas. A pesar de que el formato tenga una limitación enorme, creo que Twitter está contando historias constantemente.

 

¿Color o blanco y negro?

Es muy difícil de elegir. A mí quizá me gusta más el blanco y negro porque es lo que más me han pedido y, como los elementos son más básicos, me parece que dan más juego. Pero siempre que puedo meto el color, porque tengo menos ocasión de hacerlo y porque hay realidades que tienes que retratar en color: Cuando fui a República Dominicana tenías que hacer fotos en color. Y, por ejemplo, a mí las mujeres me gusta, una vez que las he editado en blanco y negro, editarlas en color; no sé si es porque visten con más variedad, se maquillan, etc. o quizás porque tienen unos rasgos más suaves.

 

A la hora de contar una historia, ¿dicen más las imágenes o las palabras?

A lo mejor es una burrada pero creo que puede contar tanto una imagen como las palabras. Depende de si se sabe contar y de la calidad de la historia. Las imágenes pueden darte todo y, por lo tanto, quitar espacio a la imaginación y limitarte demasiado y, a la vez, lo contrario; pueden sugerirte todo un universo con una sola mirada.

 

Y un retrato, ¿puede contar una historia?

En mi opinión ese es el objetivo del retrato. Es lo más difícil y cuando lo consigues, estás satisfecho.

 

¿Cuándo disparas una foto, qué buscas por encima de todo?

No estoy muy segura, mi trabajo está siendo intentar ser cada vez más consciente de lo que hago sin querer, para estar preparada, para tener a mano lo que necesite y para mejorarlo. Busco que ocurra algo y cuando ocurre, lo veo. El otro día leía a Virginia Woolf, hablando de que, cuando ella iba a escribir, primero necesitaba que se creara un ritmo interior, que no tenía nada que ver con la métrica, y después podía escribir. Yo tengo la impresión de que me sucede lo mismo haciendo fotos: de repente hay un momento en el que se crea una especie de diálogo entre el modelo y tú y ahí empieza a salir lo bueno.

 

Cómo haces una narración sin texto, cuando solo tienes fotografía y silencio?

Hay que seguir nuestra forma de entender lo que estamos viendo. Tengo la suerte de que, como normalmente no trabajo en actualidad, puedo ponerme en primera persona y contar las cosas como las experimento; eso para mí es la clave de cómo trabajo.

Por ejemplo: entras en el despacho de alguien y cuál es tu primera impresión, cuáles son los objetos que te llaman la atención –porque te cuentan una historia sobre esa persona-, las manos, la forma en la que habla, las cosas en las que se fija, los gestos que intenta esconder… Y, a partir de ahí, entras a la vulnerabilidad que tenemos cada uno. Creo que las fotos, incluso cuando no están contando una cosa, son la narración de un encuentro. Y eso es lo que intentas transmitir al que lo está viendo, para que tenga ese encuentro a la vez.

 

¿Cuál es la historia mejor contada que has leído en prensa?

Hay un montón… (Después de pensarlo mucho) El primero que me viene a la cabeza, a la hora de contar historias porque sin duda es muy bueno, es Alberto Rojas; un periodista de El Mundo, muy buen fotógrafo, aparte de buen narrador. Él va a África –no sé si trabaja en otros sitios pero es donde yo más le he leído- y te hace entender un problema como si fuera propio, porque lo hace a través de las historias de las personas. En Jot Down publica lo que llama “descartes”; historias que encuentra pero que a lo mejor no caben en la noticia que ha ido a cubrir. Son anécdotas que contienen un mundo entero, con una capacidad de acercarse a las personas que a mí me admira.

 

¿Es posible compatibilizar el trabajar en un medio y tener una familia?

Desde mi experiencia, que es corta, es muy posible, dependiendo del medio. Yo no estoy en el día a día de una redacción, que tenga que responder a la actualidad, con cierres, con Felipe VI quitando el ducado a su hermana a las 9 de la noche, que te obliga a cambiar la portada y todo… De hecho, yo empecé a tomarme en serio la fotografía precisamente porque tenía un trabajo de oficina con un horario muy cerrado y cuando volví, después de tener mi primer hijo, me di cuenta de que no podía tener ese ritmo.

Depende muchísimo de que el ritmo dé mucha libertad. Ahora mismo yo no trabajo en ninguna redacción, tengo un bebé que no va a la guardería, que está con la lactancia (que es una elección que yo he hecho) y lo llevo a todos sitios. Tengo una niñera que me ayuda puntualmente pero no necesito que otra persona se encargue del niño 7 horas. Seguramente a alguien que tenga que cubrir noticias le cueste le sea más difícil.

 

¿Qué gana un medio que incluya mujeres entre sus redactores, incluso en sus cargos directivos?

Hay gente que dice que las mujeres tienen una sensibilidad distinta, yo creo que depende de la persona; pero es que te estás perdiendo a una persona que está haciendo un trabajo excelente. Si echas a un talento porque es mujer y a la hora de la crianza de los hijos –por una cuestión tanto biológica como cultural- los primeros años están más pringadas que los hombres (a pesar de que eso, afortunadamente, está cambiando a pasos muy rápidos), tu medio va a perder.

 

¿Qué pueden hacer para facilitar la conciliación profesional, al nivel más alto posible, con las mujeres?

Facilitar que no tengan que elegir entre una cosa y otra y que no se sientan incómodas. Que a mí me permitan ir a una reunión con mi bebé, hacer una pausa porque está nervioso… El otro día tuvimos una reunión, en un momento concreto se puso a llorar y la reunión la continuamos dando una vuelta. Les daba igual porque la conversación tenía la misma calidad; estábamos haciendo una especie de brainstorming y como ellos tenían interés en la opinión que yo podía aportar, se adaptaron a mi circunstancia.

Por parte de las mujeres hay que tener el atrevimiento y la autoestima laboral para decir yo voy pero me llevo un bebé, si no os importa. Nunca nadie me ha dicho que no, al contrario, todo el mundo lo ha apoyado muchísimo. Pero hay que partir de que se puede y de intentarlo.

 

En tu caso personal, ¿qué crees qué ha ganado y qué ha perdido tu carrera por tener hijos?

Mi trabajo ha perdido en libertad de movimientos y espontaneidad; me gustaría muchísimo poder coger un avión e ir a cubrir no sé qué o, por ejemplo, haber seguido a algún candidato durante la campaña electoral de las autonómicas. Eso no lo he podido hacer y en ese sentido sí que pierde. A mí se me cae el boli a las 5, cuando llega mi hijo de la guardería, y luego lo retomo a las 10 de la noche. Los horarios son más esclavos y es más difícil encontrar el tiempo.

Sin embargo, me ha aportado muchísimo, como profesional, por el cambio que ha supuesto personalmente: Me ha dado mucho más carácter para decirle al que está posando: vamos a hacer esto, esto no funciona… porque cuando tienes un hijo te vuelves un poco leona y no te valen timideces, porque el hijo tiene que comer, y te peleas con quien sea. Eso lo he llevado a mi trabajo y tengo mucha más capacidad resolutiva y sé llegar a lo que quiero con mucha más facilidad que antes.

 

Carmen García Herrería