Imagínate a toda una ex directora del New York Times en su casa, entre amigos, a gusto. Como en una mesa camilla. Sin brasero. Con unos cacahuetes y un cachorro paseándose de vez en cuando por debajo de sus piernas. Pues algo así.

Jill Abramson aterrizó en Madrid. Un día antes de reunirnos a muchos (decenas de muchos) a su alrededor como una chamán del Periodismo, la señora Abramson anduvo por Madrid descubriendo España como una guiri refinadamente interesada en todo, y en ser una más. Incluso toda una ex directora del New York Times se tomó unas tapas en el Mercado de San Miguel, emulando a la gente para la que siempre ha escrito. La gente normal. Tú. Yo. Ellas.

A las 12.00 de la mañana la mesa camilla era el centro del auditorio de la Fundación Rafael del Pino. Unos seiscientos pirados del periodismo y algún que otro curioso arrastrado por la fuerza del imán Abramson se apretujaban como podían, buscando un hueco en esta especie de café de facultad. Porque hoy la dama de hierro del periodismo americano nos ha contado sus historias como se cuenta un cuento: en bata, y casi susurrando.

La mujer con más tacones de la prensa americana ha venido a Madrid a hablar de las historias del periodismo. De sus historias. Lo ha hecho en el marco de Conversaciones Con, un encuentro organizado por la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra que tiene tres años de vida y ya da síntomas de madurez, incluso de think tank sobre el periodismo, el futuro, la verdad de la profesión, las ilusiones, nuestros derechos, los suelos movedizos, y los techos de cristal.

Jill Abramson ya no es la directora del New York Times. Tiene 60 años, y detrás de cada uno de ellos hay mucha vida. Llegó a la cumbre de un periódico machista y eso fue casi como el sueño americano en versión 2.0. Para una ex que define la elegancia como la mejor manera de contar las historias, contar la historia de su adiós a la dirección del New York Times es prescindible. Y eso le hace ser más mito, más incógnita, y más atractiva, porque tiene cara de no arrugarse lo más mínimo y de no tener nada por lo que dar explicaciones.

 

La Jill heroica

No me gustaría que en esa mesa camilla te imagines a una abuela. Jill Abramson ha sido más de subir montañas que de hacer ganchillo. Imagínate a una mujer culta, curiosa, audaz, peleona, libre… Imagínate a una mujer a la que las respuestas siempre le parecen pocas.

Si la vida de Jill Abramson llegara al cine, los jefes del casting tendrían que encontrar a una actriz que supiera asumir lo mejor de Uma Truman (Kill Bill), Meryl Streep (La dama de hierro), y Jennifer Lawrence (Los juegos del hambre). No lo tendrían nada fácil. Es más. No tendrían fácil el visto bueno para el guión, porque Abramson es una gran defensora de las emociones, pero una destructora masiva del sensacionalismo. Al menos, en la práctica del periodismo.

Abramson ha contado lo de siempre. No hay grandes titulares en su conversación. Pero igual que las grandes historias son la materia prima del periodismo, los grandes periodistas son el orgullo de la profesión. Y reunirse en torno a una persona que produce orgullo y tiene sobre sus espaldas la autoridad de un curriculum importante, estimula al respetable y siempre es productivo. Sólo los que tienen orejeras y la mente cerrada no saben leer entre sus palabras ordinarias el extraordinario de un ejercicio profesional imitable.

 

 

La Jill de cara y cruz

Me ha gustado esa Jill Abramson de gesto adusto que igual puede contarte la historia de un perrito al que adora, como una Tia Mildred encantadora, que la verdadera historia de Snowden, sus vivencias con Wikileaks, el asalto de los poderes oficiales a la redacción de The Guardian, y su comida con el director del diario más chic en la que le enseñó un trozo de disco duro que se había resistido a entregar a los enterradores de libertades.

Me ha gustado esa Jill Abramson que enarbola la bandera de Estados Unidos, la sacude, la ondea y, mientras suena la música de fondo, aprovecha para decir sin ponerse nerviosa que, en el fondo, el periodismo es menos libre en el Washington de Obama, y que está harta de que los chinos (los chinos que gobiernan a los millones de chinos, que los sufren, se entiende) suelten el cuello a la web del New York Times y le dejen ser una web libre.

Me ha gustado esa Jill Abramson que no cocina para todos lo mismo. Que es consciente de que cada medio tiene su camino. Que no se aferra al papel. Que mira hacia adelante sin preguntarse qué será de nosotros, o qué será de los medios, sino qué será de la calidad del periodismo. ¿Sólo las grandes estrellas nominadas a una pensión holgada y tranquila pueden permitirse el lujo de hablar de calidad? ¿Pueden las plantillas estresadas, sudorosas, y precarias hablar de calidad, en vez de pedir un poquito de caridad? No creo que ella no haya sufrido. No creo que ella haya olvidado.

Me ha gustado esa Jill Abramson sin miedo a hablar de censuras reales, de gobiernos intrusos, de poderes con miedo al periodismo vivo.

Me ha gustado esa Jill, permítanme, casi en bata. A medio camino entre las zapatillas y los tacones de aguja. A medio camino entre el realismo y el idealismo, en el que se encuentra la esperanza.

Me ha gustado esa Jill Abramson hecha mujer a base de ser periodista de raza que diserta en un auditorio reivindicando a Dickens, sí, el de Oliver Twist: la nieve, el pobre, Fagin, los niños mocosos, el hambre, el huérfano, la nieve, el drama, la Navidad, la vida… Porque lo del musical y las coreografías vino después…

Me ha gustado esa Jill Abramson que se codea con Carlos Slim y Robert Murdoch, y a la vez tira de la manta sin rubores con esa cintura poética que otorga el estar por encima de las circunstancias oficiales.

Y esa Jill Abramson disfrazada de cariátide para apoyar el frontón de unas Humanidades boqueantes…

 

Los abramsienses

En la mesa, sigue ella hablando al oído, con una infusión reconfortante de futuro en vapores optimistas.

Alrededor de la mesa, mucho loco que quiere ser periodista, aunque ni dé dinero (a todos), ni admita ese nivel de eficacia probada que otorga estudiar Informática o Economía en Harvard. Y mucho periodista que ha cuadrado la agenda para estar en el epicentro profesional del día: el Celebrating Journalism.

Estudiantes. Jóvenes. Maduros. Maduros más maduros. Hemos visto a una clase entera de la Carlos III, y a protagonistas de la primera edición de Conversaciones Con, como Pilar Urbano, Covadonga O’Shea, Jorge del Corral, o la propia Mónica Herrero, decana de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra, y presentadora de Jill en su puesta de largo made in Spain.

Por supuesto, bastantes de los talentos que han dado la cara las conversaciones de este año: María Ramírez y Eduardo Suárez (El Español), Delia Rodríguez (Verne), Maite Rico (El País),  Ana Tagarro (XL Semanal), o Jorge Bustos (El Mundo). Hemos visto a periodistas de cabeceras muy distintas, de revistas diferentes, de radios diversas, y de televisión. Mujeres periodistas muy estilo Abramson como Ana Pastor o Mónica Carrillo. Por citar a dos de las más conocidas, sabiendo que allí había muchas, muchas, muchas.

Hemos visto a periodistas de un lado y de otro. Periodistas con cargos, como José Luis de la Serna (subdirector de El Mundo), Manuel Erice (subdirector de ABC), o César Suárez, redactor jefe de Telva; y periodistas sin cargos, pero con carga. Periodistas de agencias, como Alan Clendenning (Associated Press) o Fiona Maharg-Bravo (Reuters). Profesores de periodismo, o de másters de periodismo, como Alfonso Armada (ABC); expertos en comunicación corporativa, periodistas empresarios, periodistas de opinión, periodistas de antes, de ahora, de La Guía de la Comunicación... Y gente que es un poco de todo, y de todo un poco, como Toni Piqué, de ARA.

Hemos visto tuiteros reputados acostumbrados ya a esas salas inmensas de gente que oye por un oído y tuitea por el otro. Contando al mundo las historias de Jill hasta hacer de #celebratingJournalism nuestro trending topic.

Y hemos visto a muchos alumnos y antiguos alumnos de la Universidad de Navarra, el alma mater de este encuentro a 600 bandas. Con Miguel Ángel Jimeno al frente, el entusiasta de la buena prensa…

Según un sondeo rápido a pie de urna: un 98 por ciento de los asistentes sonríe cuando oye hablar con pasión del periodismo. Eso sí, ni Jill Abramson, ni los abramsienses son de Walt Disney. ¿Cuántos fracasos profesionales en la sala? ¿Cuántos estudiantes con un futuro difícil? ¿Cuántos periodistas hartos? ¿Cuántos periodistas jugando a conciliar sueños profesionales y familia? ¿Cuántos periodistas paralizados por la duda entre dignidad y vocación? Y a la vez, ¿cuántos periodistas dispuestos a entender la profesión y a vivirla con garra? ¿Cuántos periodistas interesantes? ¿Cuántos periodistas necesarios? ¿Cuántos periodistas de cabecera? ¿Cuántos profesionales del periodismo que podían codearse con Jill, pero estaba alrededor, discretamente alrededor?

Hemos visto estrellas. Y selfies con estrellas. Pero sobre todo, hemos visto a buenas personas, de esas de las que hablaba Kapuscinski y su prueba del algodón.

Te digo una cosa. Si hubieran puesto mesa camilla a la salida del auditorio, aún seguiríamos allí. Así son las fiestas discretas de nuestra profesión.

Decía Chesterton –y nos han repetido hasta la saciedad en todas las facultades del mundo- que “el periodismo consiste esencialmente en decir ‘Lord Jones ha muerto’ a gente que no sabía que Lord Jones estaba vivo”. Pues bien. Ahora (música de fondo, maestro) ser periodista es “decir que el periodismo está vivo, a gente que quiere que el periodismo esté muerto”. Digo yo.

Otro café, por favor.

 

Álvaro Sánchez León

 

P.D. No he tenido tiempo aún de leer lo que dicen ustedes en twitter. Pero cuando revise el hashtag del evento (#CelebratingJournalism) seguro que esta crónica se me queda fría… Ustedes perdonen…

Otra P.D. Si no cuento, reviento. He oído a una estudiante exultante decirle a Mónica Carrillo (informativos Antena 3, por si hay alguien que no ve la tele): “Mónica, he leído tu libro, y me he sentido muy identificada. Gracias”. Sí. Lo admito. Me ha dado un poco de grima, pero esta es mi historia del día: los periodistas del futuro leen. Mucho ojo.

 

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