La lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp es un cuadro de Rembrandt.  Un cadáver. Un foco de luz. Un maestro. Y siete discípulos con cara de beberse cada palabra, aunque haya uno que mira a la “cámara” con disimulo…

Esta es la imagen gráfica que vuela en el éter tras la sesión con James Nachtwey. Una sala a oscura llena de discípulos. Palabras duras. Imágenes brutales que son bombas de racimo contra el aburguesamiento ante los problemas ajenos. Silencio. Gritos sordos, pero contundentes, impresos en la pantalla. A sangre y fuego. A guerra y paz.

La lección de anatomía del Periodismo con Mayúsculas del Dr. James Nachtwey. Así se titula el lienzo de esta mañana de Universidad y maestro. Asombro. Reconocimiento. Cercanía. Arte. Humanismo. Comunicación.

Doscientos fotógrafos, periodistas de guerra, periodistas de paz… y otros periodistas de fondo, se han congregado en torno a un señor canoso en vaqueros que tiene sobre sus espaldas casi todas las guerras de los últimos 30 años, y casi todas las grandes violaciones de los derechos humanos, y casi todos los rostros olvidados que importan cero al mundo que corre deprisa con el café caliente en las manos por estos pasos de peatones de Dios, y los últimos destellos musicales colgando del iphone

 

 

Se apaga la luz

James Nachtwey, a pie de grada. Se apaga la luz. Se enciende una bombilla. Como en las clases de Arte de toda la vida, el proyector va contando el curriculum de este neoyorkino destructor del conformismo. Una imagen. Blanco y negro. Un muerto. Diez muertos. Una pierna huérfana. Odio en tres dimensiones. Una mujer violada. Un padre destrozado por la soledad de la violencia. Negro. Blanco. Silencio.

Las fotos pasan rápido para el público. Nos gustaría contemplar cada milímetro con calma. La voz de Nachtwey comenta cada historia humana detrás de una instantánea. No habla de encuadres. No habla de luces. No habla de enfoques. Ni de cámaras. Ni de lentes. James Nachtwey sólo cuenta la historia de sus retratos. Un hombre. Una mujer. Injusticias. Gritos. Dolor. En los rincones perdidos de lo que también es mundo, una luz de denuncia sale del flash de Nachtwey para conmover hasta los corazones de piedra que se sientan, lejos, donde las decisiones se toman siempre cuando ya es demasiado tarde…

La anatomía del Periodismo con Mayúsculas. Los órganos vitales de la integridad, la tolerancia, el respeto, el valor, la amistad, el buen humor, el perdón… Los músculos de una concepción de la vocación periodística como misión para hacer un mundo más humano. De verdad. Sin poses. No hay ni una muesca de gurú en su foto de perfil. La sangre de una buena persona. La piel de un caballero metido hasta las cejas en la caja negra de los hombres más malos, pero con la sensibilidad intacta para no perder nunca ni un pixel de esperanza.

A vuelapluma y sin luz, anoto en el cuaderno: Maestro. Arte. James. ONU. Tarde…

Se enciende la luz

Hemos venido a conocer a un hombre que hace prótesis con su cámara de fotos. Hemos conocido a un señor que hace fotografías en forma de pésame. Hemos estado con un fotosolidario que revela sus instantáneas para convertirlas en perdurables.

“Cualquier fotografía de la guerra es una protesta contra la guerra”. Y, sin embargo, yo creo que detrás de cada foto de Nachtwey hay más. Los ojos se centran en los ojos de un niño mutilado perdido en la putrefacción de un genocidio. Y ahí, en las pupilas, oímos muchas más cosas de las que vemos. Hay personas que no son estadísticas, ni un buen plano, ni una fuente informativa, ni una mierda de esas puramente eficaces, útiles, convertibles en monedas. El objetivo de Nachtwey –hoy lo hemos visto en primera persona del plural- es concienciación colectiva. Política de masas. Humanismo salvaje.

Nachtwey, con bata blanca, al pie de la grada, y al pie del cañón. Miramos, por decir algo… ¿Cómo es posible estar ahí y no volverse loco de dolor? La misión. Nachtwey es periodista, porque tiene una misión. Y su vida es una misión. ¿Y yo? ¿Misión? ¿Visión? ¿Mansión? ¿Micción?…

Nachtwey es un transformador de medidas imposibles. De la ira en voltios, a la paz en julios. De la histeria a kilos, a la mansedumbre en litros. Del odio en kilopondios, a la construcción masiva en kilómetros. De muralla, a puente. De foso, a cama elástica. De fotografía, a vida.

 

Se apaga la luz, segunda parte

Nachtwey, en la sala, recorre la geografía del mundo herido, desde Irlanda 1981, hasta Kabul 1992. Los juegos olímpicos de la brutalidad humana. Gritos sin anestesia acumulados en su tarjeta SD. O en sus carretes de tragedias unas veces marginadas, otras veces sumidas en la indiferencia más letal. Guerras. Enfermedades. Soledad. Tristeza. Negro y blanco, pero negro oscuro casi negro negrísimo al fin y al cabo…

Nachtwey relata cada fotograma de una película sin decorados. Suerte. Audacia. Niños. Padres. Un hombre que abrió sus ojos con los Desastres de Goya en el Museo del Prado, está al pie de la grada combinando el arte de ser buena persona, con el arte de contar las historias, con el arte de ser médico sin morirse de pena con tanto dolor, y con el arte de no darse importancia en un mundo de flashes desproporcionados. Y más, en el cuore de Nueva York.

Nosotros, que venimos con el avión empotrado en los Alpes a flor de piel, y la cara de su copiloto tatuada en lo más hondo de nuestra incomprensión, hemos recibido del Dr. Nachtwey una transfusión de lo mejor de los seres humanos. Llorar sin mover el culo no riega la tierra reseca. El bien aplasta al mal. Siempre.

 

Se hace la luz definitivamente

Ha dicho Gervasio Sánchez durante su presentación que James es un faro que ilumina el trabajo de muchos que están aquí, y otros muchos que están allá, en la acera, trabajando. Ha sido el delegado de una clase que ha querido aplaudir de pie a un profesional al que admiran. Allí estaban él, y muchos otros que también se han ganado las nóminas y el Cielo en el puro infierno. Aquí, o donde los mapas políticos borran los nombres de los pueblos.

Conversaciones Con ha rendido hoy un homenaje global al fotoperiodismo sin fronteras, y a los fotógrafos que nos ilustran las páginas del día a día. A los que retratan el dolor, y a los que pintan personas con luz. A los que cuentan con una imagen, y a los que prefieren las palabras para ilustrar una foto. Éramos muchos. Y a pesar de que el fotógrafo es un profesional muchas veces anónimo para las masas, porque el Óscar de las audiencias va al que firma, o al que pone la cara…, entre las gradas de una Universidad para mayores de edad hemos visto a Alfonso Armada (ABC), a Moeh Atitar de la Fuente (periodista, fotógrafo y autor del blog Guerra y Paz), al reconocido fotoperiodista Olmo Calvo… Y a Paul Hanna (Reuters). Andrés Kudacki (AP). Carlos Montagud (El Mundo). Daniel Ochoa de Olza (AP). Begoña Rivas (freelance, y habitual de lo mejor de Yo Dona). Lupe de la Vallina, la cara del retrato sincero de Jot Down. Y a Susana Vera, de Reuters. Y a Óscar del Pozo (ABC)…

Y hemos visto a plumas de periodistas como Isabelle Piquer (corresponsal de Le Monde), o Ángel Colina, reportero sin fronteras de la SER. O al caballero del ningún día sin poesía, aunque sea en imágenes: Antonio Lucas, de El Mundo

Lo de menos son los nombres. Lo de más son las vidas bien aprovechadas para ser periodistas de verdad, con boli, con ipad, con cámara de fotos, con cámara de vídeo, con voz, con alma…

Conversaciones Con nos ha recordado que la fotografía nació para salvar al hombre, y no sólo para inmortalizar los gatos horteras, los pies desnudos, el yo-me-mi-conmigo… El doctor Nachtwey nos ha sacado de Instagram para meternos en la red social que une a los que transforman las cosas malas en luz ajena con luz propia.

Rembrandt pintó las sombras y las luces, y le salieron joyas. La lección de anatomía del Periodismo con Mayúsculas, humanismo en carne y hueso, y profesionalidad en formato panorámico, está aprendida.

Thanks, Sir.

 

Álvaro Sánchez León