Jorge Bustos es el nuevo fichaje para las columnas de El Mundo. Justo en el día en el que lanzamos esta conversación intensa sobre periodismo, justo ese día, Casimiro García-Abadillo anunciaba en Twitter “desde mañana podréis leer a Jorge Bustos en las páginas de El Mundo”. Y se vio recompensado por la lluvia de retuits y favoritos.

Jorge Bustos, ex de La Gaceta de los Negocios y colaborador de Radio Nacional de España, La Sexta, El Cultura, LEER… Y “madridista narrativo” en algún que otro medio merengón. Un reflejo del periodismo clásico inmerso en el periodismo intenso a mil bandas del siglo XXI.

Su historia es, también, un síntoma de recuperación. Después de dos años como freelance, sumando y restando, sin perder su esencia, combinando líneas editoriales diversas en prensa, radio y televisión, y aprovechando las redes sociales como altavoz, Jorge Bustos abandona esa triste situación del picoteo mediático en la que viven muchos periodistas sin nómina. Sumas. Restas. Y fin de mes.

Rápido. Reflexivo. Culto. Lector crónico. Divertido. Casi ideológicamente irreverente con los dogmas, los arquetipos, los tópicos…

Filólogo con vocación periodística de casi toda su vida. Empezamos por el pasado, y acabamos con el presente. Sólo una declaración de contexto, de actualidad, sobre su fichaje de invierno por El Mundo: “Es mi puesto soñado desde que quise dedicarme al periodismo. Siento mucha alegría y algo de miedo escénico, y una enorme gratitud. Deseo convencer a mis jefes de que no se han equivocado”.

Escritores en la prensa

¿Hay hueco para los filólogos en la prensa española? Bustos es el ejemplo de que sí, pero no es lo mismo afirmarlo, que argumentarlo. Por eso, señala: “En el periodismo, que empezó siendo hecho por intelectuales para una élite social, y que luego alcanzó una masificación, y que incluso hubo un tiempo en que fue un gran negocio, sí hay hueco para los escritores. La crisis que hemos vivido ha producido una jibarización de la industria periodística, que afecta también al modo de hacer periodismo. Creo que es la oportunidad de volver a los orígenes del oficio, que empezó siendo un oficio de escritores e intelectuales que pretendían influir en la sociedad y crear una conciencia democrática en el pueblo”.

Por supuesto, destaca, “no todo el periodismo debe ser hecho por escritores, eso sería un infierno. Pero pienso que los hechos en sí mismos deben ser relatados por expertos en el relato, que no significa añadir ficción a lo que sucede, sino ordenar los hechos con una visión de contexto”.

Bustos, en el fondo, es partidario de “un periodismo que compita con la máquina” añadiendo todo lo humano, todo lo inteligente, todo lo creativo, todo lo diferente que es capaz de añadir a todo la inteligencia y la cultura del hombre, porque, como señala, “el periodismo no es contar una historia, sino contar bien una historia”.

El recién llegado al ágora de El Mundo, se felicita por la recuperación de los periodistas clásicos de principios del siglo XX, como Camba, Chaves Nogales, Pla, Fernández Flórez, Corpus Bargas… “Muchos editores están volviendo a poner sus obras de relieve. Son ellos los que nos enseñan el oficio antes de que los yankees vendieran tan bien el nuevo periodismo. Pienso que tenemos la oportunidad no de reeditar a los maestros antiguos con una visión melancólica, sino de contar con su experiencia como un acicate para repetir el modelo”.

Columnistas y columnas

Bustos se mueve como anguila por el agua del periodismo de opinión made in Spain. Y es crítico con el periodismo de opinión crónico made in Spain. Las cosas como son. Según él, “en España vivimos una especie de relevo generacional, más declarado que efectivo. Entiendo que el que ha oído silbar las balas de Tejero el 23-F considere que su experiencia es un valor que no caduca nunca, y que sus lectores quedarían un poco huérfanos si ellos dejaran algún día de escribir. Yo he sido crítico con esa postura, no sólo por solidaridad con mi generación, que ha visto taponada sus expectativas por ese estamento sagrado de la sagrada Transición, que diría Umbral. Ellos han vivido muy bien de un oficio al que aspira a vivir mi generación, y no es fácil dar el salto, mientras se cronifican en su situación de becarios”. Y lanza un mensaje a los editores: “Urge una cierta renovación. No se trata de cambiar por cambiar, porque hay jóvenes desconocidos con mucho talento, y muchos otros jóvenes sin talento ninguno. Y hay mayores con experiencia, pero nadie ha condenado a la vejez a ser sabia: ¡también hay viejos estúpidos”.

Su propuesta es que cunda la “generosidad” en la transición periodística, que haya relevo, que haya tiki-taka en las redacciones y fuera de las redacciones, y “ojear el ambiente, como se hace en el fútbol. Patear el talento en la blogosfera y dar con aire nuevo de calidad, que existe”.

En este análisis del periodismo de opinión, lo que Bustos no cambiaría es que los columnistas sigan siendo columnas de los periódicos, “aunque a los puristas de la profesión se les llene la boca diciendo que la opinión lo ha invadido todo. Lo que ha pasado en París con la matanza del Charlie Hebdo, es, ante todo, un atentado contra la opinión. Los muertos los pone la opinión. Los que se la juegan suelen ser los de la opinión. Es verdad que hay exclusivas que hacen mucho daño y también los que las publican se la juegan, pero la opinión es clave. El periodismo es un negocio que tiene que ver con las opiniones de los hombres”.

Sí. Para Bustos, “las firmas, las columnas, son los mascarones de proa del medio. Cuanto más plurales, mejor. Cuanto más encontradas dentro del mismo medio, mejor. Eso engrandece al editor y respeta al lector”.

En este contexto de nombres propios, abre el melón de la marca personal en el mundo real. Y lo hace con ese estilo provocativo que caracterizan sus sugerencias: “El periodismo es una invitación al individualismo, pero no entendido como egoísmo, sino como promesa de diferenciación de la masa. Es una profesión de egos hinchados, porque tu baluarte, incluso el económico, es tu firma. Cuando el periodista no consigue labrarse un crédito asociado a su propia firmar, es fácil que la empresa le considere un operario más en una cadena de montaje”.

 

 

Opinión ¿gratuita y libre?

¿Opinar es gratis? ¿Es libre? Y al periodista se le hinca el verbo: “Opinar es gratis en España, desgraciadamente. España ha vivido siempre de la cultura de la gratuidad, y ha visto el cielo abierto con internet. Ahora se está intentando poner puertas al campo de internet, cuando ya mucha gente se ha ido al paro, por su culpa… Como decía MacArthur, editor del Harper’s Magazine, mientras se hundía la industria periodística americana: ¿Qué quieren que la información sea libre? ¡Bien! ¡También queremos que la comida sea libre, pero los agricultores no son tan estúpidos como los editores o los periodistas”.

Bustos considera que ahora será difícil reeducar a una audiencia acostumbrada a leer gratis y a no valorar el trabajo periodístico de calidad. “Sólo a la fuerza conseguiremos revertir esta situación. No sé cómo, pero habrá que acabar con el libre acceso, no en sentido ideológico, sino económico. Necesitamos aduanas para que el lector pague por el trabajo. El periodismo de calidad es la suma de dinero, más tiempo”.

No es gratis. Bien. Pero, ¿es gratis hablar libremente desde las columnas de los medios? ¿Hay presiones políticas y económicas en la España del siglo XXI? La primera respuesta es una mueca de sarcasmo. Y después, esta catarata: “El poder lucha con la libertad. El poder, aunque declarará ante los micrófonos que el periodismo es un pilar de la democracia y que la libertad de expresión es sagrada, en el día a día hace que los teléfonos no dejen de sonar. Las presiones se notan. La notan hasta los periodistas más modestos de este país”.

Los límites de la libertad

El reflexivo Bustos, que ultima un ensayo sobre ética en torno a las fábulas clásicas, entra a matar desde un ángulo políticamente incorrecto en su análisis sobre la tragedia vivida en París con la revista Charlie Hebdo. Sin pestañear, como quien ha madurado esta opinión después de dos semanas de calma chicha, espeta: “Lo de Charlie Hebdo es delicado. Ahora que ha pasado un tiempo, podemos ver que hay detrás una amenaza que pesa más allá del periodismo libre. Pero nos tiene que quedar claro a los periodistas que la libertad de expresión tiene límites, los que marca la ley. Los que se sientan ofendidos siempre tendrán la oportunidad de acudir a la justicia. Pero decir que la libertad de expresión no tiene límites es una estupidez, porque es una regla social propia de la convivencia humana que mi libertad acaba donde empieza la del vecino”.

Su lectura de fondo y su síntesis final sobre el caso francés sube de grados: “Estamos en guerra con personas medievales que consideran que el verdadero orden mundial debe ser una teocracia. Entonces, hay que defenderse contra eso, pero no con un lápiz, sino con un tanque en Irak”.

Una de las recomendaciones de Bustos para los periodistas de hoy y de mañana es “leer dos horas diarias, que es algo que debería ser casi de contrato. La lectura no es un hobby. Si queremos ser antropológicamente completos, tenemos que leer, empezando por los clásicos. Todo se ha dicho ya, y tenemos que aprenderlo. Hay que leer, como hay que comer. Los periodistas debemos ser lectores exigentes y fanáticos”.

Sobre su experiencia en la televisión, alguna crítica a lo esencial de las formas sobre el ocaso del fondo con frases duras como “el hecho de que el populismo nazca en la televisión es completamente coherente con el propio medio”.

Y como apostilla, un guiño al periodismo deportivo, al que están tan aficionados los hombres que llevan las columnas de los periódicos españoles. En su opinión, “el periodismo deportivo es el que realmente demanda la ciudadanía, que necesita satisfacer esa brutal necesidad de consumir deporte”. De todas formas, Bustos camina sin remilgos por estos lares: “Yo nunca he hecho periodismo deportivo. Yo he hecho madridismo narrativo, pero lo confieso. Mientras se diga, se es honesto”.

Y después de estas palabras, vino el gol.

 

Álvaro Sánchez León