La vocación profesional de Vicente Jiménez (Barcelona, 1962) se despertó con las historias de su tío Alberto, que trabajaba en Televisión Española y, cada vez que le contaba los reportajes que hacía, le dejaba fascinado. Es un hombre de larga estancia: seis años en El Periódico de Catalunya, veinticinco en El País, donde fue redactor, subdirector y corresponsal en Nueva York y, en febrero de 2015, se pasó al mundo de la radio, donde dirige la Cadena Ser y Prisa Radio.

 

Parece que la etapa de disrupción que tanto está afectando a los medios, le está dejando a la radio un poco de tregua. ¿O no?

La radio ha resistido hasta ahora y es importante puntualizar “hasta ahora”. La audiencia ha aumentado en los últimos diez años. En este momento, en España, hay unos 25 millones de oyentes, tiene un nivel de penetración en torno al 70% y, por lo tanto, goza de una salud que otros medios han visto mermada. En gran parte porque posee unas fortalezas que le han permitido ir superando etapas cada vez que alguien la daba por enterrada: el consumo de radio es compatible con cualquier otra actividad, en movilidad ya existía antes de que surgieran los móviles (en los coches, etc.), todavía sigue teniendo un modelo de negocio definido…

Sin embargo, aunque estos elementos nos empujan a apalancarnos, hay otros nos lanzan señales de alerta para que innovemos. La experiencia digital nos obliga a abrir otras vías de financiación y de consumo de contenidos.

Algunas de las características que siempre han definido este medio —los conceptos de cadena, de parrilla, etc.— están en discusión desde el momento en que las nuevas tecnologías cuestionan la necesidad de tener postes para hacer radio y llegar a la población. Además, la información, la noticia en sí, se ha convertido en un comomdity. Lo que tiene más valor es la capacidad de análisis que puedas aportar y la radio en eso es la que mejor ha resistido.

Pero, como decía Marshall McLuhan, “el medio es el mensaje” y yo estoy convencido de que la tecnología lo determina todo. No podemos crear sólo contenidos para la antena; si ahora hay una tecnología que impacta directamente en el consumo habrá que reflexionar y ver qué tipo de radio tenemos que hacer. La gente de entre 15 y 25 años escucha muy poca radio porque tiene una oferta descomunal de contenidos; están todos en youtube, así que habrá que ver qué somos capaces de ofrecerles.

 

El tema de la V edición de Conversaciones es “El Futuro de los Legacy Media” ¿Cuáles cree que serán los puntos fuertes de las radios de primera de aquí a 4 ó 5 años?

Habrá dos puntos en los que tendremos que ser fuertes: el contenido y la distribución. En cuanto al contenido, el objetivo es seguir diferenciándonos de la competencia a través de nuestros locutores. Que toda la gente que está en antena siga siendo una referencia informativa, emocional y personal para nuestros oyentes.

Y en cuanto a la distribución, nuestra fortaleza es el audio, que creo que es algo que todavía no ha explotado en el mundo digital. Es difícil encontrar audios en Google, no están bien indexados, no se escuchan y descargan fácilmente, por eso todavía no hay tanta oferta como podría haber. Hay mucho trabajo pendiente ahí.

Igual que en la televisión cada vez más gente organiza su propio consumo y ve las series y los programas cuando quiere y donde quiere, en la radio tenemos que empezar a pensar en cómo satisfacer este tipo de demanda. De hecho, el EGM se dedica ya a medir el consumo de radio en diferido.

En definitiva, mis competidores ya no son sólo Cope, RNE o el resto de emisoras, sino que tengo que pensar que también compito con Netflix, que me roba tiempo de atención de mis oyentes, o con Youtube.

 

Uno de los puntos fuertes de la Ser es su equipo de investigación. En este tema, ha ido un poco más allá y es de los pocos medios tradicionales que ha entrado por la vía de la colaboración (por ejemplo ha colaborado con la Fundación Ciudadana Civio en “Medicamentalia”). ¿Piensa que las cabeceras tradicionales tendrán que entrar por esta vía de colaborar con otros medios u otras entidades?

Efectivamente, la Ser tiene unos servicios informativos potentes. Los mejores de la radio española, sinceramente. Peleamos por las noticias y por la investigación.

Pero las redacciones, tradicionalmente, han sido ámbitos muy cerrados. Los periodistas hemos sido egoístas y soberbios durante muchos años porque, en el fondo, éramos los que gestionábamos derechos fundamentales como la libertad de expresión o el derecho a la información. Pero no éramos los dueños de ellos…

En esta época donde la información es algo mostrenco, donde cada vez cuesta más ser protagonista, ser relevante en un mundo que va a una velocidad tremenda, los periodistas y las redacciones tenemos que ser abiertos, generosos. Tenemos que aprender a hacer algo que no hemos hecho durante años, décadas, siglos casi… que es trabajar en colaboración. Darnos cuenta de que, más allá de nuestros criterios profesionales y de nuestra endogamia, hay muchas cosas que aprender. Humildemente pienso que los periodistas hemos sido muy poco innovadores. Las grandes plataformas de información o de contenidos en este momento son Facebook, Youtube, Twitter y todas las redes sociales, y ahí los periodistas hemos pintado muy poco.

Hay que aprender a colaborar con gente que, tradicionalmente, considerábamos innecesaria. Si uno echa un vistazo a las redacciones de ahora descubre perfiles profesionales que antes no existían: el responsable de audiencias de un medio puede ser un matemático, el mejor ingeniero de una universidad puede ser el que te haga el desarrollo de herramientas informativas, los desarrolladores y diseñadores de páginas web no son necesariamente periodistas. No queda otro camino que la apertura, que las alianzas, que ser capaces de colaborar con todos los grandes actores de internet que nos ayuden a hacer nuestro trabajo mejor.

 

Y los periodistas, ¿siguen siendo necesarios?

Absolutamente. Seguramente, más necesarios que nunca. Uno de los grandes problemas de la sociedad actual es la saturación y, a veces, la poca solvencia de los contenidos. La utopía de que todos los ciudadanos se empoderaran y pudieran generar contenidos y participar del proceso comunicativo global, la aldea global de McLuhan, ya está aquí. Hay protagonistas nuevos, por ejemplo, los youtubers.

Los que siempre hemos apostado porque esta es una profesión abierta, que no necesita credenciales determinadas para ser ejercida, no podemos quejarnos. Ahora bien, no todo lo que se hace es periodismo. El periodismo tiene unos criterios, una práctica profesional, unas exigencias. Por lo tanto, somos más necesarios que nunca para hacer llegar a la ciudadanía una información seria, compleja, rigurosa, veraz, honesta… Una sociedad con malos periodistas es manipulable. Una sociedad con un periodismo de bajo nivel es más pobre democráticamente hablando.

 

Otro tema de la radio son “sus estrellas”. ¿Cómo es la dialéctica entre la marca institucional y la reputación de sus periodistas?, ¿cuáles son sus puntos de conflicto?

Yo he tenido la enorme fortuna de trabajar en prensa, en el diario El País, durante 25 años y ahora en la cadena Ser. Creo que son dos ejemplos de medios en los que la marca está por encima de quienes la hacen. Eso es una cultura. Hay otros medios que optan por modelos distintos pero es una dialéctica que, como yo la he conocido, ha sido siempre muy sana: el trabajo de los periodistas engrandece al medio y es el medio el que devuelve el prestigio y la etiqueta de trabajar en él.

Los programas de la Cadena Ser no llevan el nombre de sus presentadores, cosa que es distinta en otras emisoras. Aquí hemos tenido a un periodista descomunal como Iñaki Gabilondo, que hacía “Hoy por hoy”, le sustituyó Carles Francino y “Hoy por hoy” sigue siendo el programa referencia de la radio española, a mucha diferencia de sus competidores. Igual “La ventana”… En esta casa queremos estrellas reconocidas y famosas pero siempre la marca, el nombre de la Cadena Ser o de las emisoras musicales, va a estar por encima del de sus talentos. Es nuestro modelo y nos funciona bien.

 

¿Se puede confesar cuánto tiempo dedica el director general de la SER a mirar las audiencias?

Sí, claro. El EGM se publica tres veces al año y en esos momentos estoy muy focalizado, dedico mucho tiempo a analizar audiencias, a ver qué hemos hecho bien, qué hemos hecho mal y dónde tenemos problemas. Pero son tres veces al año, donde sufrimos o celebramos. El resto del tiempo estoy más pendiente de cómo hacemos la radio, de qué es lo que contamos y cómo lo distribuimos que de la pura audiencia. A diferencia de la televisión o los medios impresos, la radio no tiene datos diarios.

Sin embargo, el EGM mide el consumo en directo y, ahora, en diferido, pero la radio empieza a tener otros estímulos que todavía no valoramos bien, por ejemplo, el nivel de conversación que generamos en redes sociales o el consumo bajo demanda, que es de largo recorrido. Esto todavía no se tiene como referencia pero estoy convencido de que en un futuro no muy lejano la radio no se mirará solo en el EGM

 

Usted ha sido corresponsal en EE.UU., ¿qué le parece ese “salto” que parece haber entre los medios y la gente, a raíz de la victoria de Trump?

Creo que es una evidencia que la capacidad de influencia de los medios tradicionales se ha visto mermada. El caso de Estados Unidos con Donald Trump ha sido una frustración, por lo menos para mí, porque estaba convencido, imagino que como tantas otras personas, que quien iba a impedir la victoria de Donald Trump iban a ser los medios tradicionales. Tras una primera etapa en la que las televisiones se vieron fascinadas por el fenómeno y la audiencia que generaba, los medios tradicionales —seguramente teniendo en su mochila un mal desempeño realizado en otros momentos, como la guerra contra el terrorismo del presidente Bush, la guerra de Irak y otras informaciones que creo que los medios americanos no cubrieron bien— reaccionaron el New York Times, Washington Post y otras grandes cabeceras. Empezaron a hacer su trabajo y yo estaba convencido de que iban a impedir la victoria del señor Trump.

Hay un fenómeno que abarca no solo a los medios de comunicación sino a la política y a muchos otros aspectos de la vida en sociedad que es una cierta desintermediación. Los políticos y los medios somos intermediarios entre la ciudadanía y el poder y la información respectivamente. Cumplimos un papel. Si ese papel se ve mermado por la aparición de nuevos protagonistas o porque no sabemos adaptarnos a los nuevos tiempos, sin duda estamos perdiendo capacidad de influencia y estamos limando una de las principales características de los medios: permitir que la gente socialice la información y, por lo tanto, participe del debate ciudadano, conforme su opinión, vote a una determinada opción y tome decisiones. Si eso se pierde, y hay mucha fascinación con que la intermediación es algo negativo (democracia directa, el parlamento no nos representa, etc), cosa que no comparto, creo que tenemos un problema.

Hay que reivindicar esa sociedad intermediada en la que todos cumplimos un papel. Lógicamente visto desde la honestidad, profesionalidad y rigor. Pero creo que recuperar ese terreno es un reto que tenemos los medios tradicionales. Como todo en la vida es pendular, creo que pasaremos de la fascinación de que todo el mundo exponga su vida en las redes y todo se confunda a que la propia ciudadanía demande medios rigurosos que ayuden a comprender lo que está pasando, porque la situación del mundo en los últimos meses (Brexit, referéndum de Colombia, etc) revela que hay un desconcierto generalizado que requiere explicaciones complejas. Hay que hacer muy buen periodismo.

 

Carmen García Herrería | @carmengherreria