No se va de mi cabeza el policía, francés y musulmán, herido en el suelo de París. Levanta la mano hacia el terrorista que, con soltura de escalofrío, le remata con el AK-47. La imagen ha dado la vuelta al mundo y, probablemente, es la que permanecerá. Junto a ésta y otras fotos del atentado, aparecen también en todos los medios las viñetas de “Charlie Hebdo”.

Leía hace unos días el “Informe Anual de Reporteros Sin Fronteras 2014”. Recoge el auge del terrorismo islámico y su particular ensañamiento con los informadores. Una de las tendencias reflejadas en el Informe es que “la violencia se ha transformado: cada vez se instrumentalizan más las agresiones contra los reporteros (decapitación, difusión de imágenes, amenazas)”.

Primero, el acto violento. Luego, su instrumentalización para rentabilizar el terror. Atentados atroces y conocimiento de los mecanismos de la comunicación. Yugulan brutalmente los canales de información no afectos a sus intereses y, otras veces, dosifican controlando los tiempos la información dramatizada que ha de llegar a todo el mundo.

La instrumentalización consiste en la escenificación y en el lanzamiento de las imágenes de sus propios crímenes. Son los propietarios de todo el copyright. El resto lo hacen las redes sociales.

A un nivel completamente distinto, recibimos las imágenes del terrorismo islámico obtenidas y difundidas por profesionales y medios de comunicación. Aquí no hay instrumentalización, sino deber de informar, aunque es inevitable plantearse si todas las imágenes han de ser difundidas: por respeto a las víctimas y sus familiares, por razones de la investigación o por no avivar involuntariamente el fuego del miedo. Ayer Youtube descolgaba el vídeo del terrorista rematando al policía cada vez que alguien lo trataba de colgar. De todas formas, para qué negarlo, la difusión por redes sociales es irremediable. Las redes han desbordado a los medios de comunicación tradicionales (éste es el cambio de paradigma), obedeciendo a sus propios instintos virales, que tienden a la difusión.

La multiplicación de las imágenes violentas es infinitamente superior a la que podría alcanzar hace 6 ó 7 años. En la difusión masiva se alían la inmediatez y la capilaridad, pues los contenidos no se dirigen sólo a los medios de comunicación y desde ahí al público sino que, a través de las redes llegan a millones de personas. Cada una de ellas funciona como nuevo conector y potencial difusor. Las imágenes violentas cuentan también con su propio realismo morboso, que impulsa a darlas a conocer. El impacto las fija en el recuerdo. Ahora mismo, podemos fácilmente recuperar en la memoria a James Foley degollado o a soldados iraquíes asesinados, etc. y comprobar la energía evocadora de la imagen violenta, que revive los sentimientos del primer momento.

Otro efecto de las imágenes violentas es la despersonalización, la cosificación de la víctima, que desciende a un segundo plano al diluirse en la brutalidad del acto violento. El policía asesinado a quemarropa se llamaba Ahmed Merabet.

El terrorismo islámico y su difusión planetaria han creado un estado de pánico. El sufrimiento se ha socializado como una metástasis invasiva. Basta con analizar el tipo de miedo que padecemos, diferente al de la guerra fría o al temor más o menos etéreo del espectador de una guerra en un escenario lejano. Actualmente, una guerra nuclear suena improbable por autodestructiva, aunque siempre cabe la posibilidad. Pero, de hecho, tenemos menos miedo a una bomba nuclear que a un atentado terrorista en la ciudad donde vivimos o en un viaje hacia un país de los supuestamente “seguros”. Los nudos de comunicación y transporte y los lugares de reunión de la gente se transforman en lugares potencialmente peligrosos.

Tal es el objetivo del terrorismo global: matas a varios y controlas por el miedo a todos. Tal es nuestro reto: superar el miedo.

Jaime Cárdenas, Director de Investigación de la Schengen Peace Foundation

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