Cuando llegaron los ordenadores a las redacciones de los periódicos, la infografía ya estaba ahí. Es importante recordar esto. De lo contrario, alguno podría pensar que fue la tecnología la que creó un género que después ha sido protagonista periodístico de primer orden. No fue así. La tecnología nunca está en el origen de nada. (Paréntesis: digo periódicos, sí, y no medios, como se dice ahora. Periódicos: qué palabra tan bella, denostada, apropiada y necesaria para hablar de nuestro oficio. ¡Reivindiquémosla!).

La infografía está con nosotros desde que habitamos el planeta. En las cuevas prehistóricas, en los jeroglíficos egipcios, en los códices medievales, en los mapas de los descubridores, en los bocetos de los inventores, en las tesis de los científicos, en las proyecciones de los militares, en los análisis de los economistas. El periodismo incorporó finalmente los gráficos a sus páginas de manera regular, y la manera de contar la realidad cambió. El salto tecnológico de estas tres décadas sí ha dotado —todo hay que decirlo— de un impulso extraordinario a la infografía., primero en los medios impresos y después en las plataformas digitales. Sin embargo, las bases y los criterios siguen siendo los mismos. Todo está en Leonardo, en Playfair, en Snow, en Minard.

 

Los premios y la cumbre mundial de infografía Malofiej cumplen 25 años en 2017. Su puesta en marcha en la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra se debió al olfato de un grupo de profesores (Juan Antonio Giner, Miguel Urabayen…) que vieron en los gráficos un camino para la exploración y, por ahí, para la renovación visual de los diarios. Desde 1992, Pamplona es la capital mundial de la infografía periodística y los premios Malofiej están considerados unánimemente los Pulitzer de este género. No es una fanfarronada, los datos avalan esta afirmación: cada año envían trabajos a concurso y profesionales al congreso las compañías periodísticas más prestigiosas del mundo. The New York Times, The Washington Post, Los Angeles Times, National Geographic, The Guardian, The Times, Le Monde, Die Zeit, Frankfurter Allgemeine Zeitung, Dagens Nyheter, Politiken, Corriere della Sera, La Nación, O Globo, Estado de S. Paulo, El Tiempo, El Mercurio, El Universal, Gulf News, Times of Oman, South China Morning Post y otros muchos hasta 135 medios de 31 países volverán a darse cita estos días en la Universidad de Navarra. Todo lo cual nos llena de agradecimiento y satisfacción.

 

En este tiempo la infografía ha pasado por distintas etapas al calor de los vaivenes de la industria. Primero fue el estallido inicial, un tanto infantil, cuando lo importante era demostrar. Se publicaban entonces gráficos absurdamente grandes, pero la fascinación lo justificaba todo. Después, en la primera década del siglo XXI, llegaron la madurez y la consolidación. A pesar de la aparición de internet y de las ediciones digitales, los periódicos ganaban aún mucho dinero. Circulación y publicidad no parecían estar amenazados. Infografía era sinónimo de vanguardia y prestigio. Se abrió la mano a nuevas narrativas, se combinaron gráficos ilustrativos y otros de corte conceptual o estadístico. Con la crisis, a partir de 2008 se inaugura entonces una etapa de contracción en la que todavía estamos inmersos. Países como España, vivero de infografistas de talla mundial y referente imprescindible durante la década anterior, han sufrido una diáspora de profesionales sin precedentes. Y el panorama no invita al optimismo.

 

Al mismo tiempo, y aunque parezca paradójico, la tecnología ha redoblado su avance, multiplicando exponencialmente programas, desarrollos, funcionalidades y —por tanto— posibilidades. Casi todos los infografistas ‘veteranos’ se han sometido a la reconversión digital para no quedarse atrás. Conviven con una nueva generación insultantemente joven. Hoy, los gráficos en los medios se plantean primero en soporte digital, con el móvil y las redes sociales como factores decisivos, y sólo después se elaboran versiones para el producto impreso. No sólo eso, los departamentos de infografía están inmersos en procesos de creación de herramientas que permitan el autoabastecimiento de gráficos a periodistas y editores. Ellos mismos han abandonado sus escritorios y salido a la calle: son los nuevos reporteros visuales. Dicho sea con toda cautela, este nuevo rol me genera alguna duda.

Y, entre tanto y ese desconcierto, la infografía sigue teniendo ante sí los retos de toda la vida: cómo hacer que las historias que cuentan los periódicos se entiendan mejor. No es simplificar sin más; tampoco construir bellísimos artefactos ininteligibles. Tan inútil es una cosa como la otra. Se trata tan sólo de mostrar, hallar, explicar… datos con inteligencia y una buena ración de elegancia visual. Los retos de la infografía son también, por tanto, sus límites: no hay nunca infografía que pueda llamarse así sin combinar rigor informativo y sofisticación gráfica.

 

Una vez escribí que la infografía salvaría a los periódicos. Ahora reconozco que estaba equivocado. No tengo la menor idea de si los periódicos se salvarán. Sí sé que, mientras vivan, hay que perder menos tiempo en andar preguntándonoslo y más —o todo— en aplicarnos con la máxima exigencia. Aplicarnos todos, cada uno. Eso incluye, naturalmente, a la infografía. Sólo así seremos imprescindibles.

 

Javier Errea | @javiererrea66

Presidente de Malofiej, capítulo español de la Society for News Design (SND)