La gráfica portada de Der Spiegel sobre Trump ha pasado al elenco de grandes portadas sobre el Presidente de Estados Unidos (valdría la pena editar una buena colección), provocando controversia y un encendido debate en las redes. Hace unas semanas Marty Baron hablaba en Conversaciones sobre el enorme interés que todo lo relacionado con Donald Trump genera entre los lectores del Washington Post. El shock que produjo su victoria se mantiene y acaso ha crecido a partir de su orden ejecutiva sobre inmigración del 27 de enero.

Der Spiegel, una publicación de calidad, vuelve a poner a Trump en su portada. Trump es tentador para los medios. Pero al Presidente le gusta esa “relación”: es justamente la batalla que le llevó a ser candidato republicano primero, y a la Casa Blanca después. Y eso suscita una pregunta: ¿debe el periodismo sobre Trump utilizar los métodos de Trump? Pienso que no, porque los medios de prestigio deben ser fuente de concordia en la comunidad. Una de sus funciones precisamente es apagar los incendios, no avivarlos. Pero además, resulta que Trump, hasta ahora, va ganando su “guerra” con los medios. De forma paradójica, Trump fue, en cierto sentido, el candidato de los medios, que difundieron sus afirmaciones, polémicas y tuits, las publicaron en sus portadas impresas y en la web, abrieron con ellas sus informativos de televisión y radio…A primera vista funcionó porque los medios lograron audiencias y ratings récord, especialmente las televisiones. Y ahora, ¿va a ser también el Presidente de los medios? Se impone la prudencia y la reflexión: la portada de Der Spiegel no parece el mejor paso en esa línea.

 

 

Hace exactamente un año, durante la campaña electoral, Leslie Moonves (CBS), uno de los directivos más influyentes en televisión, dijo aquello de “no sé si Trump es bueno para América, pero es muy bueno para la CBS” (“damn good”, se lee en el original inglés). Hablar de Trump parece rentable. En un fenómeno verdaderamente digno de estudio: marcas como IBM, Microsoft, Facebook, Apple, Twitter, Netflix, Uber, Coca-Cola o Starbucks se han pronunciado en las últimas semanas sobre decisiones presidenciales. Dove ha iniciado una campaña en medios impresos del Reino Unido con sus propios “hechos alternativos” parafraseando a Kellyanne Comway y la ya famosa intervención en rueda de prensa de Sean Spicer, jefe de prensa de Trump. Y Airbnb ha emitido en la Super Bowl (el espacio publicitario más importante de la televisión estadounidense) un anuncio que puede interpretarse como crítica de las políticas de Trump.

Para entender la conversación de estos días es interesante acordarse de la campaña electoral. Trump generaba grandes audiencias, agitaba la confrontación y los medios amplificaban sus palabras, lo que le permitió gastar menos en publicidad tradicional y más en redes sociales como Twitter y Facebook. La indignación de los legacy ayudó a difundir más su mensaje, convirtiéndole en un candidato republicano viable y después en Presidente. ¿Qué sabía el equipo de Trump? Sabía que había un malestar de fondo; que Clinton no encandilaba al electorado y tenía un techo; que había ciudadanos irritados con los dos grandes partidos y cabía crear un espacio nuevo. También sabía que no todos los demócratas estaban convencidos después de unas primarias donde Bernie Sanders había ganado 23 estados; que según las encuestas más del 60% de los estadounidenses consideraba que el país iba en la dirección equivocada; que el mapa electoral estaba en movimiento y era posible ampliarlo… En otras palabras, que existía una opinión pública distinta a la opinión publicada, una “mayoría silenciosa” que se expresa por cauces distintos a los tradicionales, que instintivamente desconfía de los medios.

 

 

Impulsado por el viento a su favor de la crisis de los e-mails de Hillary Clinton, nada pudo con la corriente favorable a Trump: ni la dedicación de un presidente con notables índices de aprobación como Obama; ni el apoyo entusiasta y brillante de Michelle Obama, la carismática Primera Dama, el vicepresidente Biden o Bernie Sanders, su antiguo rival; ni el apoyo de astros de la música y el deporte como Beyoncé, Jay-Z, Katy Perry, Bon Jovi, Bruce Springsteen o LeBron James; ni el compromiso de Hollywood y gran parte de Silicon Valley con Hillary Clinton; ni el apoyo editorial explícito de 40 diarios, comenzando por el New York Times y el Washington Post, referentes de la prensa estadounidense.

A lo mejor los medios deben evitar las confrontaciones que busca Trump, un político para el que “no publicity is bad publicity”. En tiempos de debates encendidos, puede ser conveniente templar, evitar los apasionamientos y proporcionar a los públicos herramientas para la comprensión de los problemas y los debates. Trump genera portadas y trending topics, pero ¿ayudará a nuestras comunidades hablar tanto de Trump?

Por otra parte, se intuyen las dificultades que va a tener Trump para llevar a la práctica sus políticas. Lo que estamos viviendo estas semanas pone de relieve hasta qué punto la globalización ha dado lugar a una comunidad política mundial. Podemos vivir a Trump con tanta pasión e interés en todo el mundo porque ya estamos juntos. La globalización nos ha convertido en una comunidad política.

Pero este es otro tema del que tendremos tiempo para hablar…

 

Francisco J. Pérez-Latre | @PerezLatre

Profesor del Máster en Comunicación Política y Corporativa (MCPC). Universidad de Navarra.