En 2011, Joaquín Luna escribía desde El Cairo: “Veintidós años después, el planeta vuelve a fijarse en una plaza donde están en juego grandes conceptos y un puñado de vidas. Hoy, Tahir decide el destino de Oriente Medio, entonces Tiananmen determinó el rumbo de la República Popular China”.

Nacido en Barcelona, tras licenciarse en 1981 en la Universidad de Navarra, empezó a trabajar en La Vanguardia, donde lleva ya treinta años, salvo una temporada en Europa Press y otra ampliando estudios en una de las míticas, la University of Missouri -Columbia.

Durante trece años fue corresponsal del diario barcelonés. Se estrenó con un año de prueba en Hong-Kong, que recuerda como el mejor momento de su vida profesional. Desde allí cubrió Extremo Oriente entre 1987 y 1993 (matanza de Tiananmen incluida), y después se trasladó a Estados Unidos (Washington, 1993-1996) para regresar luego a Europa (París, 1996-2000). “He tenido la suerte de contar cosas que contribuyen modestamente a que el mundo sea mejor”, afirma.

Desde 2005 es redactor jefe de la sección de Internacional de La Vanguardia y desde 1996 ha ejercido de enviado especial cuando la ocasión lo requiere. No siempre se ha tratado de asuntos políticos, como las últimas revueltas en Egipto: también ha cubierto varios Juegos Olímpicos y Mundiales de fútbol.

Si se le pregunta por el oficio de periodista, suele hablar de vocación, sustrato sobre el que se asienta lo demás. “A partir de ahí, la formación y el procurar saber. Tener curiosidad y no creerse que uno lo sabe todo. Esta no es una profesión para ganar dinero. Tiene todavía grandes inconvenientes de horarios, servidumbres, trabajar días festivos… Pero yo creo que es la profesión -como dijo Camus- más bonita del mundo”.

Le gusta la sección de Internacional, entre otras cosas, porque recibe menos presiones. En la facultad, explica, ya le enseñaron a pensar, a tener criterio propio ante corrientes predominantes. Resalta dos ideas más sobre la profesión: la información debe ser contrastada, con garantías, y los periodistas cumplen una función social que requiere responsabilidad.

Pero no sólo de lo global escribe Joaquín Luna: también de lo cercano, de sus abuelos aragoneses, del barrio de Gracia, del Barça, de toros y de esa otra plaza, la Monumental, en la que ya no queda nadie.