Gervasio Sánchez (Córdoba, 1959) comienza la entrevista dejando claro -eso sí, muy amablemente- que su fama de hombre sin tapujos viene por algo: “Pregunta lo que quieras, soy especialista en responder lo que me da la gana”. Después de 30 años cubriendo los más importantes conflictos bélicos que ha habido en el mundo, se podría decir que Gervasio es el mayor referente fotoperiodístico de nuestro país.

 

¿Vino antes el periodista, el fotógrafo o el fotógrafo de guerra?

Primero vino un niño que tenía muy pocos años cuando empezó a creer que quería ser periodista. Yo con 14 años iba al instituto con un periódico debajo del brazo; es verdad que era un periódico deportivo pero no me lo regalaba nadie. Sacrificaba mi dinero de otras cosas y lo leía todos los días, estaba muy bien informado.

Cuando llegué a la universidad, los compañeros que me conocieron en las primeras semanas, recuerdan que era el único que tenía claro lo que quería hacer: cubrir conflictos armados.

Finalmente, me convertí en un periodista especializado en conflictos armados, que odia a muerte la guerra. Y al que le encantaría, algún día, no tener que ir a ninguna guerra. Pero me temo que pase lo que pase, por los siglos de los siglos, va a ser difícil que eso ocurra porque si rebobinamos la historia es casi imposible encontrar un hueco sin guerra

 

¿Por qué Gervasio Sánchez va a la guerra?

A mí lo que me interesaba no era tanto la guerra sino ver con mis propios ojos lo que pasaba. La guerra, en realidad, es el mayor fracaso del ser humano. Si alguna vez conoces a un fotógrafo que le excita o que le parece una aventura ir, no te pongas muy cerca suyo porque algo en él no funciona bien. Los que conocemos la guerra, la odiamos y no nos gusta ir como a una aventura. No nos gusta que nos llamen “corresponsales de guerra” o “fotógrafos de guerra”. En cambio, sorprendentemente, hay muchos que solamente van dos días o están en los alrededores y ya se autodenominan “fotógrafos de guerra”.

Pero aunque la odiemos es importante documentarla porque una guerra sin documento es todavía más violenta para los civiles, y los periodistas que hemos decidido dedicar nuestra vida a este trabajo tenemos que hacerlo prácticamente sin remedio, casi como una obligación.

 

Decía Robert Capa que “si la foto no es buena es porque no te has acercado lo suficiente”. ¿Cómo se consigue el contar las cosas bien, que necesita poca distancia y, a la vez, ser respetuoso con el dolor?

 Creo que Capa no se refería tanto a la cercanía física sino a ser capaz de involucrarte, de sentir en el interior el impacto del dolor. Ésta es una especialidad del periodismo muy dura, en la que uno tiene que acercarse a los lugares con mucho respeto; lo que hay allí son personas que sufren y tú no puedes ser un agresor más. Tú trabajo no es lo más importante. Siempre es bueno involucrar a la persona que vas a fotografiar en tu trabajo, contarles por qué estás ahí, para qué sirve tu trabajo, qué es lo que estás buscando; y si te dicen que no quieren fotografías tienes que aceptarlo porque tienen todo el derecho.

Hay muchos periodistas que van a la guerra con una prepotencia y una falta de respeto por la dignidad de las víctimas que a mí me da miedo. Hay que ser cuidadoso, a veces es más valiente no hacer una foto, a veces es más decente.

 

Veo estas fotos y pienso, ¿cómo lo soporta? Porque 30 años en zonas de conflicto es mucho tiempo.

Es toda una vida, porque la vida de un periodista es todo el día y toda la noche. Yo soy periodista incluso cuando sueño. Por eso tienes que buscar una forma de equilibrar tu balanza anímica y yo tengo mis formas, un poco especiales, de hacerlo: no voy a los psicólogos ni a los psiquiatras a contarles mis penas; lo que intento es, donde he visto mucha violencia, mucha brutalidad, muchos muertos, ver vivos. Y regreso en las posguerras, cuando se ha dejado de disparar. En realidad, una guerra no se supera hasta que las consecuencias no se superan, no cuando lo dice Wikipedia.

 

 

¿Qué conflicto ha sido más importante para Gervasio, personalmente?

No me gusta compararlos porque parece que estamos hablando de víctimas de primera, segunda o tercera categoría. He vivido algunos momentos extremadamente violentos y duros, por ejemplo en Ruanda, en 1994. Nosotros veníamos de los Balcanes, donde la gente se mataba con cañones o morían en bombardeos; de Centroamericana, donde se usaban fusiles de asalto. Y de repente te encuentras que, cuando hay voluntad de matar, no hace falta que haya armas de fuego, con que haya machetes cualquier persona puede matar. En Ruanda, entre abril y junio del año 94, setecientos cincuenta mil tutsis y hutus moderados fueron asesinados por sus vecinos, con los que hacía poco compartían las colas en los mercados, los niños iban a la misma escuela… Y todo esto de repente se desmorona y el hombre se convierte en un ser brutal.

Una de las conclusiones más tristes a las que llegas cubriendo conflictos armados es que es difícil encontrar personas capaces de morir por no matar. En una guerra, la inmensa mayoría de las personas prefieren matar antes que morir. Es decir, héroes, muy pocos. Con cuentagotas.

 

Casi siempre ha trabajado como colaborador, ¿por qué no se casa con ningún medio?

Cuando era muy joven me temía que, si entraba a formar parte de la plantilla de un periódico, iba a tener muy difícil hacer lo que yo quería hacer, que era viajar por el mundo, ir donde me diese la gana. Hoy en día no hace falta temérselo porque es imposible, pero hace 30 años los medios tenían mucho dinero y todavía podías convencer a alguien de que te financiara viajes al extranjero.

Por eso siempre he trabajado de manera independiente, eso sí, manteniendo relaciones con bastantes medios de comunicación, especialmente con el Heraldo de Aragón (con el que llevo 27 años colaborando), con la Cadena Ser (desde hace 20 años), con La Vanguardia (15 años)… He trabajado con casi todos los medios de comunicación españoles.

Lo que yo quería era hacer periodismo: Vigilar a los poderes políticos y económicos, eso es lo que deben hacer los periodistas; servir a los ciudadanos intentando impedir que los poderes fácticos de una sociedad hagan lo que les dé la gana; que los ciudadanos se enteren de la corrupción o de la juerga bancaria con años de retraso. ¿Por qué se están enterando con años de retraso? Porque los periodistas no están haciendo su trabajo.

Quien se casa con un medio de comunicación es pasto de los intereses del medio y acaba siendo un actor más del vergonzoso mercadeo en donde se mezclan intereses mediáticos, ajenos al periodismo, con intereses políticos y económicos.

 

En ese sentido, ¿cree que la crisis va a beneficiar a la calidad de la prensa?

Lo que creo es que es un error tremendo pensar que todo lo que está pasando en el periodismo depende de la crisis económica. Es cierto que impide que miles de periodistas tengan trabajo, ha hecho que muchos medios hayan cerrado, que las empresas recorten presupuestos… Pero a mí la crisis que me preocupa, porque no tiene remedio, es la de identidad; de por qué, cuando yo empecé periodismo hace 35 años era la profesión mejor valorada y hoy en día somos la peor.

¿Qué ha pasado para que esto ocurriera? No es mi culpa, ni de mis amigos muertos en zonas de conflicto, ni de la inmensa mayoría de periodistas que hacen bien su trabajo; sino de una pequeña porción de periodistas golfos y golfas que se dedican a colocarse en puestos claves y pisotear los principios básicos del periodismo.

 

Carmen García Herrería