El fotoperiodista vivo más reconocido del mundo no necesita presentación. Dejemos lo básico para Wikipedia, y profundicemos cuando le escuchemos en primera persona. [Madrid, 27 de marzo. Calle Zurbano, 73]. Sin embargo, es oportuno un tour de acercamiento, desplegar su menú de hitos profesionales, palabrear su trayectoria, honrar sus frutos, y hacerle un selfie literario al misionero del teleobjetivo más humano del planeta sufriente y la esperanza latente.

Plano panorámico general

James Nachtwey tiene 67 años y vive en Nueva York. Pelo blanco, con raya. Porte impoluto. Pose seria. Podría haber sido el sucesor de Ernst Gombrich, o un asesor de primera fila de John Fitzgerald Kennedy. Pero se convirtió en el sacerdote universal de la fotografía entendida como altavoz de la tragedia ante la pasividad de occidente. Se complicó la vida buscando guerras, y sobre sus espaldas hay decenas de genocidios, centenares de injusticias, millares de lágrimas y millones de tumbas. Y en cada cana se le nota que lo suyo no ha sido ir de aventurero o de atolondrado valiente.

Plano general

James Nachtwey es el-fotoperiodista. Su medallero profesional tiene formato de aplauso unánime, e incluye, resumiendo mucho, el World Press Photo de 1993, cinco Robert Capa, siete Magazine Photographer of the Year, dos Leica Awards… Y el 25 de este mes recibirá en Pamplona el Premio Luka Brajnovic que concede la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra.

Los galardones de Nachtwey serían igual de lícitos si hubieran sido otorgados por fotos de bodegones, de posados de alto standing, o de fotografía contemporánea de última generación con reminiscencias de Instagram… Pero no. Su cámara ha preferido complicarse la vida, y los premios son una muestra de la influencia que tiene el primer espada del fotoperiodismo social en el podio de los cinco continentes.

Nachtwey, sus cámaras, sus carretes y su chaleco mutibolsillos se han recorrido el mundo atraídos por las señales de humo. Cuando estallaba un conflicto en el mapamundi, él ha sido el trípode para el que se han retratado los que sufren, los que lloran, los que mueren ante la indiferencia globalizada de un mundo anestesiado contra el dolor ajeno. Sus fotografías hechas a pie de bombas y publicadas en las imprentas newyorkinas han sido siempre el despertador de las conciencias dormidas. El no hace click. El hace ¡boom! Interior… en blanco y negro…

Plano general corto

“He sido testigo, y estas fotos son mi testimonio. Los acontecimientos que he grabado ni deben ser olvidados, ni deben repetirse”. Este es el lapidario sermón en formato tuit que está esculpido en el frontispicio de la web oficial de Nachtwey. Casi todo está dicho en cada una de esas letras. Las instantáneas de Afganistán, Rumanía, Bosnia, Sudáfrica, Kosovo, Zaire, Pakistán, Rwanda, India, Israel, Chechenia… son el complemento gráfico a la verdad de los hechos que él ha vivido para contarlos a todos los hombres vivientes.

Si una imagen vale más que mil palabras, entonces podemos decir que James Nachtwey es el historiador más realista de los últimos 30 años. Por el contrario, si muchas palabras valen más que una imagen, entonces todo lo que todo el mundo dice de él le convierte en el retrato vivo más humanista del periodismo gráfico internacional. En concreto, de ese periodismo audaz que nos cuenta las sombras de la versión más agresiva del hombre, y del que no tenemos más remedio que aprender, entre otras cosas, gracias a las lecciones de cada una de sus fotos. En su álbum no hay lugar para los relativistas.

Plano americano

Los tres cuartos de James Nachtwey son el grito de fuera en el país de los sueños americanos, epicentro de Occidente, en el que las tragedias se silencian por intereses políticos, y por esas carcajadas whatsapperas con las que parece que nada pasa en esos lugares del planeta donde los hombres se mueren de hambre, o donde se matan como animales sin piedad.

Ahí, en esos mismos enclaves en los que sacar la cámara es animar a todo el mundo a poner los ojos sobre la verdad, Nachtwey convive con otros fotógrafos, pero él es la autoridad moral. Ha pensado muchas veces en salir corriendo, pero la responsabilidad le ha parado los pies en seco. Dicen que dijo un buen día, quieto, y mirando al infinito de su pasado: “Lo peor es que, como fotógrafo, me aprovecho de las desgracias ajenas. Esa idea me persigue todos los días, porque sé que si algún día mi carrera es más importante que mi compasión, habré vendido mi alma. La única manera de justificar mi papel es respetando a aquellos que sufren. La medida en la que lo logro, es la medida en la que se me acepta, y en la que yo mismo puedo aceptarme”.

Transición a negro. Punto de reflexión

67 años. Fotógrafo de TIME desde hace más de 30. Hace justo doce años, en Bagdad, una granada pudo apagarle el objetivo para siempre. Es el hombre que avanza sin dar la espalda al que está más allá de la periferia.

Plano medio

James Nachtwey ha visto el infierno y ha sobrevivido para contarlo sin edulcorantes. El Dante del siglo XXI ha bajado uno por uno los anillos de la miseria humana. Ha retratado las guerras de odio, pero también ha inmortalizado la desigualdad, el hambre, los enfermos descartados, la deshumanidad, las sombras… Contra el tópico del dolor acumulado, ni es irónico, ni es un romántico desesperado. Detrás del mal ha sido –por el momento- el mejor pintor de la esperanza en medio del sufrimiento.

Tiene cara de haber madurado por contraste. Ojos perdidos, abiertos a cada grito de silencio, y a cada silencio gritado. Su trabajo es “concienciar a la gente de qué son los crímenes contra la humanidad”. No hay tregua.

Primer plano

Nachtwey, de frente con ojos de punzante honestidad con la que ha cambiado el mundo. Tiene cara de rompecorazones y gesto de compasión. No vende. Sólo da. El respeto sagrado a los derechos humanos le bulle por dentro, y por eso retrata a personas invisibles que después se convierten en iconos sin nombres y apellidos, pero con ojos que piden ayuda al mundo entero. Mientras los políticamente correctos dicen la realidad oficial, de su boca salen fotografías divergentes.

Sí. Tiene cara de Premio Nobel de la Paz… Bastarían estas palabras del jefe de la Cruz Roja en Mogadisco para proponerle como candidato sin primarias: “Sus fotografías sobre la hambruna en este lugar olvidado del mundo publicadas en la portada del New York Times salvaron un millón y medio de vidas”. Una vida detrás de la otra. Después de eso sólo está el tributo del cielo…

Primerísimo primer plano

James Nachtwey tiene grabado en la nuca un tatuaje que dice: “La fotografía no detiene la guerra, pero ayuda a alcanzar ese punto crítico donde la sociedad y la política dicen basta”. Cuando se mira al espejo, sabe que su misión es revelar lo que nadie quiere ver y rebelar (sí, con b) lo que ven los que no se creen nadie. Basta. ¡Basta! ¡¡¡¡Basta!!!!

Las arrugas de su frente son imagen dinámica de la capacidad infinita del sufrimiento humano y de los altibajos de la voluntad. Si los que mueren solos tienen esperanzas para seguir caminando hasta que se apaguen las luces para siempre, ¿quién es él para perder la fe? Entonces, se levanta. Encuadra. Enfoca. Y dispara con un arma de construcción masiva que ha hecho más humana la frivolidad humana: el fotoperiodismo con mayúsculas de buena persona.

Fundido

James Nachtwey estuvo en Barcelona en junio de 2013. Dos años después, va hacia Pamplona y hace escala en Madrid. El 27 de marzo, con la primavera ya en flor, conversaremos con él.

Títulos de crédito

 

Álvaro Sánchez León

 

* Por la foto que encabeza estas líneas ganó Nachtwey el World Press Photo en el año 1992: pagó el viaje a Somalia de su bolsillo