En algún lugar entre la cabeza y el corazón tiene que haber un órgano secreto, aún por descubrir, donde las emociones cristalizan y las ideas se forman como si fueran propias. (Algún día, un científico sin complejos dará con él y lo llamará “catalizador emotivo-intelectual”, o algo así). De esa metamorfosis cotidiana vive el espíritu humano. Nos creemos amos de nuestras convicciones; y sin embargo, la gran mayoría de ellas han nacido de anécdotas familiares casi olvidadas, chistes de corrillo y grandes novelas polvorientas, por igual. Ni siquiera vienen de los sucesos que vivimos o nos cuentan, sino que, casi siempre, emergen de nuestra percepción de esos sucesos. El recuerdo del hecho acaba valiendo más que el hecho mismo.

Obviamente, sólo hay una historia. De la humanidad, de la ciencia, del arte… De asuntos varios, pero siempre una historia. Lo que pasó, pasó, aunque nos empeñemos en pelearnos acerca del cómo y el porqué. Pero esa historia, en singular, está llena de historias de seres humanos, en plural. Entre los hechos, fríos e inertes, hay que encontrar los corazones palpitantes, las mejillas al rojo vivo, las voces quebradas y las manos temblorosas. Esa es la diferencia entre la lección magistral y el cuento de hadas. El dato es conocimiento, seco y frío; las historias son experiencias, vivas e indelebles.

Hanna Arendt dijo alguna vez que el poder de las historias reside en su capacidad para revelar significado “sin cometer el error de definirlo”. Con ella estaba de acuerdo Chesterton, quien decía, a su manera, que los cuentos de hadas no son verdaderos porque nos digan que los dragones existen —claro: es que no existen—, sino porque nos convencen de que los dragones pueden ser derrotados. Comprendo que parece atrevido ponerse a difuminar la línea que separa la ficción de la realidad (como intenté explicar aquí), pero lo cierto es que, dicho rápido y mal, las historias nos someten a experiencias emocionales que imprimen en nosotros los primeros trazos de una idea. Y esta idea, sin un estudio diligente, sin el filtro del espíritu crítico en el mejor de sus sentidos, acaba convirtiéndose en una convicción firme, para bien o para mal.

Un profesor mío que hablaba de películas nos obligaba a hacer el ejercicio de distinguir el tema (subject) del mensaje (theme). El primero, decía, es un simple “de qué trata”: amor, venganza, cobardía, sacrificio. El segundo, en cambio, era más bien un “qué dice sobre aquello de lo que trata”. Por ejemplo, “el amor es doloroso, pero merece la pena”. O bien, “la venganza es tentadora al principio, pero destructiva al final”. Etcétera.

Este juego entre el tema y el mensaje, esa metamorfosis de la que hablábamos al principio, hace de las historias el arma más poderosa al servicio de la verdad. O el veneno más letal al servicio de la mentira, por supuesto. Ahora, allá cada uno. Yo no soy periodista; pero si lo fuera, me acordaría de ese órgano secreto que algún día será descubierto por un prestigioso científico. Y si ese día llega, por cierto, que quede claro que tengo la exclusiva.

 

Pablo Castrillo

Share This