Sé que el título es raro. ¿Qué tendrá que ver un recientísimo estreno cinematográfico protagonizado por Colin Firth con el último escándalo periodístico que nos lleva de cabeza toda la semana?

Quizás nada. Pero en mi cabeza se han unido las piezas. Vi El editor de libros hace quince días y me pareció una magnífica película. Magnífica a pesar de sus tibias críticas que, en parte, entiendo. Dicen que es algo fría, que le falta garra. Quizás.

Pero a mí El editor de libros me pareció sobresaliente por el personaje que retrata -Max Perkins (Colin Firth), el valiosísimo editor de Scott Fitzgerald, Hemingway o Thomas Wolfe, entre muchos otros- y por la profesión que describe. Una profesión que no vive sus mejores días-ni en la literatura ni en el periodismo- y que, sin embargo, en estos momentos de vorágine de clics, de ansia de audiencias y de prisas, muchas prisas, es más necesaria que nunca.

Por circunstancias profesionales a veces edito yo y, otras veces, me editan a mí. Tengo muy buenos editores…y tengo uno sobresaliente. Uno de esos editores que, además de corregir una repetición, pulir una frase, poner un acento o quitar una coma que sobra, comprueba fechas, contrasta un título, confirma los apellidos de un actor, el lugar de nacimiento de un director o la ciudad exacta donde tuvo lugar un acontecimiento. Recuerdo algunas discusiones bizantinas -mail va, mail viene- sobre si el protagonista de una película era pastor ovino o bovino porque la sinopsis hablaba de que cuidaba ovejas y carneros. O largas investigaciones para averiguar si un atentado -ficticio, que hablamos de películas- había ocurrido a un lado o al otro de la triste verja mexicana. Porque no es lo mismo… Estas discusiones, aunque pesadas, son las culpables de que quien firma el texto duerma tranquilo, muy tranquilo. Como dormían tranquilos los autores que editaba Max Perkins.

Reconozco que, cuando saltó el tema de Nadia Nerea, yo pensé en mi editor. Claramente, había fallado el periodista que no había contrastado la información y, de hecho, pidió perdón. Había fallado la cabecera que, después de una penosa reacción para intentar salvar los muebles con una noticia-disculpa todavía más torpe que el reportaje inicial (esos delirantes “Papeles para Nadia”), se rindió pidiendo perdón en un editorial con un mea culpa tan radical como yo no había leído nunca en la prensa española.

Pero lo que había fallado, además, es que -probablemente- no exista ya en nuestros medios la figura del editor. Han desaparecido con la crisis, con las prisas y con las plantillas de autoedición. El periodista busca el tema, trata de venderlo, lo vende, lo escribe, lo edita, graba un video, lo locuta y, la mayoría de las veces, lo mete en plantilla y lo sube a la web. Y todo, en el fondo, para ya.

El único filtro al que se somete una información es la propia persona (el propio juicio) del que busca el tema, lo escribe y lo corrige. No hay un segundo, ni mucho menos un tercero, que repose el texto, que haga las “tres famosas búsquedas en Google” por si el periodista ha tenido un mal día, que se extrañe de que en el texto solo hay una fuente, que le pregunte al redactor si quizás se ha dejado llevar por los sentimientos, si hay excesiva rabia en un párrafo, si es conveniente o no lanzar una cuenta corriente…
No es un tutor, ni un guardián. Es una figura necesaria para salvaguardar la sacrosanta misión del periodista: decir la verdad y preservar la profesión de ese peligroso enemigo que empieza llamándose subjetividad.

Hoy todo lo hace el periodista solo. Y quien trabaja solo es más fácil que se equivoque. Es más fácil que le engañen. Es más fácil que le utilicen.

Desde hace tiempo, brilla el periodismo de autor. Un periodismo con garra, que tiene fuerza, que emociona… Pero un periodismo también muy subjetivo, muy solitario. Un periodismo que termina siendo un deporte de riesgo.

 No escribo estas líneas en defensa de Pedro Simón. Ni para contribuir a los múltiples halagos que ha recibido durante su carrera y seguirá recibiendo. Personalmente admiro su escritura y en Conversaciones estamos contentos de tenerlo entre nuestros invitados. He seguido con preocupación el caso de Nadia desde el principio por lo que suponía de mancha a la profesión y he agradecido sus disculpas y, sobre todo, las de su medio. Lo han hecho mal, de eso no hay duda. No lo dudan ellos.

Al mismo tiempo, este caso tiene que hacer pensar a todos los medios. A esos que ahora se lanzan en tromba exprimiendo la enfermedad de Nadia. Y que están ofreciendo, por cierto, un espectáculo lamentable. Pero no es el tema de este artículo.
El tema de este artículo es que se estrena El editor de libros.

Ayer, una persona que ha trabajado con Pedro Simón, me contaba que, cada año, cuando llega el aniversario de la muerte de uno de los protagonistas de una de las historias que Simón contó en El Mundo, el periodista visita a la familia…

 Me dejó pensativa la anécdota. Medio periodista-medio activista de ONG. Un escritor involucrado cien por cien en lo que cuenta. Un periodista al que indigna la injusticia y que sufre con las penas de los débiles. Un periodista al que acuden los parias de la tierra buscando consuelo, justicia o simplemente una doble página. Pero los que sufren -quizás por culpa de ese sufrimiento- a veces también mienten, también yerran, también abusan, también cometen injusticias… Y por eso, Pedro Simón, es uno de esos periodistas que necesitaba, desde hace tiempo y con urgencia, un buen editor.

 No les voy a prestar al mío. Pero yo, si fuera El Mundo, contrataba a Colin Firth.

  

Ana Sánchez de la Nieta | @AnaSanchezNieta