“Nunca hubo una muerte tan anunciada como la de Santiago Nasar”, dice Gabriel García Márquez en Crónica de una muerte anunciada. Pero yo creo que no es cierto; hay una muerte que lleva más de cuarenta años anunciándose en todo el mundo y todavía no se ha producido: la de la prensa escrita. En realidad, muchos años más, ya que el libro de Daniel Morgaine Diez años para sobrevivir (¡1972!) reflejaba una visión presuntamente profética de la muerte del periodismo impreso que ya se venía vaticinando desde mucho antes (quizás desde que la radio hizo su irrupción en el universo de la comunicación social, allá por los años 30 del siglo XX) y que se ha ido reiterando cada poco tiempo: con cada subida de precio del papel, con cada altibajo de la publicidad, con el advenimiento de internet, de las ediciones digitales de los periódicos, de las redes sociales, de las tablets, de la crisis económica…

Si hoy me acuerdo de estas efemérides apocalípticas no cumplidas, no es solo porque esté releyendo la novela de García Márquez –más bien la relación causa/efecto es la inversa-, sino por otras tres razones:

Porque ya desde el mismo día en que Antonio Caño tomó posesión como director de El País me sorprendió mucho su reflexión sobre la posibilidad de llegar a una edición solo digital del principal periódico español -me parecía imposible que alguien, y menos él, desde su cargo, plantease siquiera esa perspectiva-.

También porque esa reflexión, hecha desde otras coordenadas, la formuló Carmen del Riego, presidenta de la Asociación de la Prensa de Madrid, en el curso de verano Cronistas de las dos orillas: historias para contar un mundo en conflicto, al afirmar que “la crónica es la única forma de supervivencia que tendrán los medios escritos”. Y también entonces pensé que eso no era cierto, que la hipertrofia de un género no podía ser la salvación de algo tan armonioso como la combinación bien maquetada de noticias, reportajes, entrevistas, crónicas, artículos de opinión, críticas literarias, musicales y artísticas –y pasatiempos, y agenda, y esquelas, y publicidad…- llamada periódico.

Y también porque hace unos días se cumplía un año de la compra de The Washington Post por parte de Jeff Bezos. Y curiosamente él, uno de los hombres que más saben de las interacciones y de los conflictos entre lo digital y lo impreso, sobre todo desde el punto de vista empresarial –el que más nos quitaba la esperanza de esa supervivencia a todos los periodistas-, dice que, si bien no se puede vivir de la nostalgia de los buenos tiempos del periodismo impreso, sí se puede sobrevivir, tanto en la versión digital como impresa; de hecho, habla no solo de supervivencia, sino de crecimiento y de permanecer en los kioscos por muchos años. Y, para eso, da la receta de trabajar, investigar, redactar, valorar; en resumen, de crear contenidos por los que la gente estará dispuesta a pagar.

He llegado a la conclusión de que Carmen del Riego tiene razón. No en el sentido de que los periódicos deban llenarse de crónicas, pero sí de noticias, entrevistas y reportajes que tengan esa suma, característica de la crónica, de datos trabajados, contrastados, y de valoración responsable. No vaya a ser que, como en el caso de Santiago Nasar, entre todos dejemos que maten a los periódicos impresos –ese producto que a diario compran 1.983.433 españoles, contando solo los de información general- por no poner cada uno el granito de arena que está en nuestras manos para evitarlo.

Dolores Alonso

 

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