Hace unos días escribí sobre lo que la Iglesia le debía al Boston Globe por su investigación de la pederastia en EEUU. Hoy, movida, en parte, por comentarios y aportaciones de los lectores, ¡bendita comunicación 2.0!, escribo sobre lo que el periodismo puede aprender de esta investigación.

Advierto que no conozco en profundidad la actuación del Boston Globe en este caso. Conozco lo que la película cuenta. Pero creo que eso es suficiente para ilustrar que, en este tema, como en tantos otros, convive el periodismo riguroso y el periodismo perezoso. Y que en este caso, más que en otros, este segundo periodismo puede tener consecuencias indeseables.

Vayamos al grano, Spotlight no descubrió que había sacerdotes en la diócesis de Boston que habían abusado de niños (eso se sabía en círculos más o menos íntimos), ni determinó la culpabilidad de esos sacerdotes (eso es labor de la justicia). Lo que Spotlight desveló –y por eso ganó el Pullitzer- es que la Iglesia católica, durante años, había silenciado y encubierto estos delitos y había trasladado a los supuestos pederastas de parroquia en parroquia perpetuando el daño y exponiendo a más niños. O dicho de otra manera, lo que Spotlight descubrió es que la Iglesia no actuó como debe actuar cualquiera ante un caso de abusos: poniendo al acusado en manos de la justicia para que sea ésta quien juzgue.

Para descubrir esto, un equipo de cuatro reporteros trabajó durante un año recogiendo testimonios y documentos, entrevistándose con víctimas y con responsables de la Iglesia, haciendo una profunda labor de rastreo que, al final, dio fruto. De hecho, y aviso de spoiler, uno de los momentos claves de la película es cuando los periodistas descubren los libros donde están registrados los movimientos de los sacerdotes en la diócesis y comprueban que, muchos de estos movimientos, coinciden con las denuncias. Fin del spoiler.

En esta línea, hace unas semanas, Pilar Velasco –periodista de investigación de la cadena SER- me explicaba cómo su trabajo termina cuando la víctima de esa investigación reconoce los hechos que se le imputan. “Esas últimas preguntas después de la investigación son cruciales. Tienes que ir con todo atado y conseguir que te lo confirme. No siempre es posible y a veces, si tienes una investigación finalizada –con documentación, con datos- pero no consigues que las fuentes lo reconozcan de alguna manera lo puedes sacar pero el broche de oro es cuando la fuente te dice “sí, es así, poco te puedo decir”.

Esto está muy lejos del periodismo perezoso que tira de filtraciones interesadas, no contrasta con diferentes fuentes o publica solo desde una parte del ring. Eso sin entrar a la espinosa cuestión de la presunción de inocencia o de los juicios paralelos en los que normalmente se dicta sentencia con una rapidez y contundencia sorprendente como demuestra la periodista de El Mundo Marta Cristina Sánchez Esparza al estudiar algunos de los casos más mediáticos sucedidos en España en los últimos años.

Entre Spotlight y lo que a veces –hay honradas excepciones- el periodismo español llama investigación hay una distancia enorme. En primer lugar, hay muy pocos medios que tengan equipos de investigación y es muy difícil hacer esta labor en soledad. Además, este periodista –solo, sin medios y con necesidad de publicar piezas, pues muchas veces es freelance– normalmente termina haciendo lo que se llama “periodismo de declaraciones” que consiste en poner el micrófono al primero que quiera contar una historia (sin comprobar si esta historia es verdadera o falsa y con la negligente razón de que lo que sí es cierto es que esa persona lo ha dicho). Este periodismo es muy querido por los medios porque es barato. Muy barato. Basta un periodista, una grabadora y alguien que quiera ponerse delante.

Y es cierto que este periodismo ha puesto voz a causas legítimas y nobles y es también necesario… pero no es periodismo de investigación. No estamos hablando de Spotlight.

Y es un periodismo que, según donde se meta, puede convertirse en un arma de destrucción masiva. Una herramienta con la que cualquiera puede acabar con la honra y el nombre del vecino.  Un periodismo que –en concreto en este espinoso tema- puede dejar el campo sembrado de cadáveres no solo de sacerdotes sino de profesores, médicos, padres, exmaridos y exmujeres. Si no la han visto, les animo a ver La caza –la magnífica y durísima película de Thomas Vinterberg- que recorre el calvario de un profesor acusado falsamente de abusos. Y si no lo han leído, les animo a leer el todavía más duro Raval de Arcadi Espada. Una exhaustiva investigación (esta vez sí) de cómo una parte importante del periodismo español trabajó sin datos y “montó” una trama de pederastia donde al final solo había humo.

Humo…y el descrédito de por vida para quienes habían sido acusados y que no verán recogida su absolución en titulares. Lo resume Rafael Serrano al contar el reciente caso del fallo de inocencia del obispo Max Davis: Acusados en primera plana, absueltos en un rincón. Y si no se lo creen, hagan la prueba y busquen en Google el nombre de Max Davis.

Por eso Spotlight es necesaria para la profesión. Porque habla de un periodismo que investiga, que contrasta, que acude a las dos fuentes y que no publica una letra hasta que todo está confirmado. A tanteo, en estos temas, solo escriben los idiotas.

 

Ana Sánchez de la Nieta | @AnaSanchezNieta

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